El enemigo que puede vivir décadas en el hígado sin ser detectado
Especialistas explican por qué la prevención sigue siendo la mejor estrategia y qué promete la medicina regenerativa
Emma Landeros Martínez
Tenía 32 años, estaba embarazada y llegó al hospital por un problema relacionado con su embarazo, no con el hígado. Nunca imaginó que, durante los estudios de rutina derivados de una exposición accidental de personal médico a su sangre, descubriría que era portadora crónica del virus de la hepatitis B. No tenía síntomas.
La paciente no sabía cuándo se infectó. Es posible que conviviera con el virus desde el nacimiento. Su historia, documentada en Memorias del Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Salud, expone uno de los mayores desafíos de esta enfermedad: puede avanzar sin dar señales de alarma.
Un estudio nacional, bajo el título Prevalencia en México de la infección y el estado de portador de la hepatitis B en adultos, publicado en la revista científica Salud Pública de México, estimó que alrededor de 107,000 mexicanos eran portadores crónicos del virus de la hepatitis B, y muchos podrían desconocerlo porque la infección suele permanecer asintomática por décadas.
A nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) fijó la meta de eliminar la hepatitis viral como amenaza para la salud pública en 2030. Pese a ello, el avance es insuficiente. Una investigación reciente de la institución internacional indica que, en 2024 aún vivían 240 millones de personas con hepatitis B crónica y 47 millones con hepatitis C. El planeta registra todavía cerca de 1.8 millones de nuevas infecciones cada año.
La historia de aquella paciente no es excepcional. El verdadero desafío no siempre es el padecimiento, sino el silencio con el que llega a instalarse en el cuerpo. A pesar de que la hepatitis suele asociarse con cinco virus (A, B, C, D y E), en realidad describe un proceso más amplio.
“Cuando hablamos de la afección, en realidad hablamos de una condición que puede ser causada por diversos agentes que agreden al hígado”, explica en entrevista el doctor Luis Enrique Gómez Quiroz, del Departamento de Ciencias de la Salud de la Unidad Autónoma Metropolitana (UAM), Unidad Iztapalapa.
En un primer momento surge una inflamación que llega a originarse por virus, pero también por el consumo excesivo de alcohol, algunos medicamentos o enfermedades metabólicas. No obstante, las hepatitis virales preocupan porque las distingue su facultad para permanecer ocultas.
La razón, detalla el investigador, está en el propio órgano. “El hígado es tan noble que no suele avisar que se está enfermando”. A diferencia de otros tejidos del cuerpo, carece de receptores para el dolor, por lo que existe la posibilidad de sufrir un daño progresivo sin que la persona perciba molestias.
El silencio del hígado
“El hígado no duele”, enfatiza. Aunque existe una membrana externa, conocida como cápsula de Glisson, que sí posee sensibilidad y puede doler ante un traumatismo, como ocurre con un golpe fuerte en deportes de contacto, los virus actúan dentro del tejido hepático y no provocan ese tipo de dolor.
Ese silencio biológico explica el motivo por el cual muchas personas descubren la afección hasta que ya existe un daño importante. De los distintos virus que causan hepatitis, el especialista advierte que los más peligrosos son los de la hepatitis B y C, porque tienen la capacidad de cronificarse.
“A diferencia de la hepatitis A, que suele resolverse en pocos días, la hepatitis B y la hepatitis C llegan a permanecer 20 o hasta 30 años sin que el paciente sepa que está infectado”, señala el académico. Al aparecer los síntomas, con frecuencia la enfermedad ya avanzó.
Ambos tipos producen deterioros severos que elevan de forma considerable el riesgo de desarrollar cáncer de hígado. No obstante, el investigador considera que no es necesario generar alarma para que toda la población se realice pruebas de manera indiscriminada, sino identificar a las personas con mayor probabilidad de exposición.
Entre ellas menciona a quienes utilizan drogas inyectables y comparten agujas; aquellos que se realizan tatuajes, perforaciones o procedimientos como acupuntura en establecimientos que no garantizan material estéril; o los que recibieron transfusiones sanguíneas antes de la década de 1990, en esas fechas el tamizaje para hepatitis C aún no era sistemático; se suman a la lista los que practican relaciones sexuales sin protección y el personal de salud, que por su actividad laboral debe someterse con regularidad a pruebas de detección.
La duración de la infección antes del diagnóstico tampoco es igual para todos. “Hay personas que desarrollan síntomas a los tres o cinco años, mientras que otras pueden pasar 20 años sin presentar ninguna manifestación”, comenta. Esa variabilidad depende de las características de cada organismo.
En los últimos años el tratamiento ha cambiado de manera significativa. El experto distingue dos frentes. La prevención y la medicación. En el caso de la hepatitis B, destaca la vacunación como medida más eficaz. “La vacuna contra hepatitis B no solo previene la infección, también previene el cáncer de hígado”, dice.
En México este inmunógeno forma parte del esquema nacional de vacunación, pese a que recomienda que las personas mayores de 50 años verifiquen si cuentan con esa protección. La hepatitis C manifiesta un escenario diferente. Si bien aún no existe una vacuna, los antivirales de acción directa han transformado el pronóstico de la enfermedad.
“En la actualidad existen tratamientos con tasas de efectividad superiores a 95 por ciento que permiten eliminar el virus. Antes era un padecimiento crónico y mortal; ahora, el paciente puede curarse”, indica.
Una extraordinaria, pero limitada reparación
El experto, a su vez, recuerda que el tejido hepático conserva las huellas de los hábitos acumulados por décadas. El consumo excesivo de alcohol, la obesidad, la diabetes, las dietas ricas en grasas y alimentos ultraprocesados son capaces de provocar inflamación hepática, incluso en ausencia de una infección viral.
“No solo el hígado guarda memoria; casi todos los órganos lo hacen”. Ese concepto, agrega, está relacionado con la epigenética, es decir, los efectos biológicos que dejan los hábitos de vida y que pueden manifestarse muchos años después. Inclusive, la alimentación y el estado de salud de la madre en el embarazo llega a influir en la salud futura del hijo.
Empero, en ese escenario, la ciencia busca nuevas formas de intervenir. Además de las opciones terapéuticas capaces de controlar o eliminar algunos virus, investigadores trabajan en alternativas para ayudar a recuperar parte de su función mediante la medicina regenerativa.
La doctora Elsy Soraya Salas Silva, especialista en medicina regenerativa, precisa en entrevista que uno de los rasgos más singulares del hígado es su extraordinario potencial para repararse. A diferencia de otros órganos, es capaz de seguir funcionando aunque parte de su tejido ha sido afectado. Esa singularidad, de manera paradójica, contribuye a que muchas enfermedades hepáticas pasen inadvertidas.
“Compensa el daño durante largo tiempo y, con frecuencia, la detección llega por estudios de rutina o aparecen manifestaciones como ictericia, fatiga o alteraciones en la función hepática”, apunta la científica.
Ese poder de regeneración, sin embargo, no es ilimitado. Si la inflamación causada por una hepatitis persiste por años, el tejido sano comienza a ser sustituido por tejido cicatricial, un proceso conocido como fibrosis. Si el daño continúa, puede evolucionar hacia cirrosis, etapa en la que la arquitectura del hígado cambia por completo y la recuperación se vuelve más compleja.
“En las fases avanzadas, las células hepáticas tienen muchas más dificultades para regenerar el tejido funcional. Por eso un diagnóstico tardío disminuye las posibilidades de una regeneración completa y aumenta la posibilidad de complicaciones graves”, advierte.
Frente a ese panorama, la medicina regenerativa intenta abrir una nueva vía terapéutica. El objetivo ya no se limita a eliminar la causa del daño, sino favorecer que el propio hígado recupere parte de la función que ha perdido.

Minihígados, un avance de la medicina regenerativa
Hoy, indica la experta, distintas líneas de investigación exploran el uso de células madre, que ayudan a disminuir la inflamación, reducir la fibrosis y estimulan la regeneración de los hepatocitos, que son las principales células del hígado.
Otro ejemplo es el desarrollo de organoides hepáticos, conocidos como “minihígados”, sirven para estudiar cómo avanza la hepatitis y probar medicamentos sin poner en peligro a pacientes.
“Estas estrategias hasta ahora se encuentran, en su mayoría, en fases de investigación o en ensayos clínicos, pero forman parte de una de las áreas más prometedoras para la atención futura de las enfermedades hepáticas”, subraya la doctora.
Entre los avances más relevantes destaca la creación de biomateriales que funcionan como andamios para favorecer el crecimiento de nuevas células hepáticas. Estas tecnologías permiten estudiar con mayor precisión la evolución del cuadro clínico.
La investigadora enfatiza que las terapias regenerativas tienen mayores posibilidades de éxito cuando el daño aún no es irreversible. “En etapas tempranas o moderadas el hígado conserva una posibilidad importante de mejoría. Si ya existe una cirrosis avanzada con abundante tejido cicatricial, restaurarlo resulta más difícil”.
Aunque algunas de estas innovaciones comienzan a trasladarse a la práctica clínica en países con mayor inversión científica, en buena parte de América Latina, incluido México, aún tienen tratamientos de acceso limitado. Por ello, insiste la doctora, la mejor herramienta continúa siendo el hallazgo clínico oportuno.
El verdadero reto, advierte, es cambiar la percepción de que el hígado siempre logra recuperarse por sí solo. “El órgano tiene un límite. Si el daño se mantiene por años, llega un momento en que ya no es capaz de repararse por completo”.
De ahí que las revisiones médicas periódicas, una alimentación saludable, evitar el consumo excesivo de alcohol, sexo seguro y atender de forma oportuna las infecciones son a la fecha las medidas más eficaces para preservar uno de los órganos más silenciosos y el más indispensables del organismo.
El mensaje cobra relevancia en un país donde los padecimientos hepáticos figuran entre las principales causas de mortalidad, concluye el académico Gómez Quiroz. “Cuidar el hígado hoy es evitar enfermedades que pueden aparecer varios años después, cuando ya es demasiado tarde”.


