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El amor como trampa: cuando la seducción abre la puerta a la trata

El método lover boy utiliza vínculos afectivos y falsas promesas para captar, aislar y explotar a mujeres


Rodrigo Peredo Rangel

Selene fue víctima de trata de personas con fines de explotación sexual. Tenía 18 años cuando dejó Rumanía para viajar a España junto al hombre con quien mantenía una relación sentimental. No fue secuestrada ni trasladada a través del uso inmediato de la fuerza. Ella aceptó el viaje porque confiaba en una promesa de trabajo y en el proyecto de vida que su pareja le había ofrecido.

Su historia es narrada en el informe Son niños y niñas, son víctimas. Situación de los menores de edad víctimas de trata en España, elaborado por el Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones de la Universidad Pontificia Comillas y UNICEF Comité Español, y fue registrada en 2015 por la periodista Ana Boyero. El caso permite observar un mecanismo de captación en el que la violencia física no constituye en realidad el primer mecanismo de sometimiento. Antes puede aparecer la confianza, las expectativas afectivas y las de una vida distinta.

De acuerdo con las estimaciones más recientes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Walk Free y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), 6.3 millones de personas se encontraban en condiciones de explotación sexual comercial forzosa en 2021 y casi cuatro de cada cinco eran mujeres o niñas.

La captación de Selene ocurrió a partir del llamado método lover boy, en el que una dinámica de pareja es utilizada para ganar la confianza de la víctima antes de explotarla. La joven inició su noviazgo dos años antes de viajar a territorio español. Mientras continuaba sus estudios, su compañero sentimental emigró a Figueres y desde ahí mantuvo el contacto. Con el tiempo empezó a hablarle de las oportunidades que tendría si se reunía con él: trabajo, estabilidad y la posibilidad de construir un futuro juntos.

Para la doctora María Guadalupe Huacuz Elías, profesora investigadora del Departamento de Política y Cultura de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Unidad Xochimilco, comprender esta modalidad de enganche requiere mirar más allá de las decisiones individuales y considerar las condiciones históricas, económicas y culturales que atraviesan las interacciones entre mujeres y hombres.

“Si estás construido en una sociedad falocéntrica, machista, patriarcal, tu capacidad de decisión nunca es total. Y si tienes un elemento interseccional de vulnerabilidad, como la edad, la cuestión étnica o racial, o una discapacidad, es todavía más complicado”, sostiene en entrevista.

Desde un enfoque antropológico feminista, Huacuz Elías señala que las expectativas sobre el amor también se aprenden. Los imaginarios culturales pueden colocar a ellos en el papel de quien cuida, protege o brinda seguridad, mientras ellas son socializadas dentro de determinadas ideas sobre la pareja, los afectos y las relaciones de poder. La especialista retoma el concepto de “cultura de género” de la doctora Elsa Ernestina Muñiz García, Investigadora Emérita de la Unidad Xochimilco, para explicar cómo estas ideas sobre el papel de mujeres y hombres se aprenden y reproducen a nivel social, incluso por medio de referentes cotidianos como los cuentos y las telenovelas.

El primer paso no fue la fuerza, sino la promesa

El ofrecimiento que recibió Selene implicó la expectativa de acceder a oportunidades que parecían difíciles de alcanzar en su entorno. Su compañero sentimental le había asegurado que podrían comenzar una nueva etapa y que una de sus hermanas tenía un restaurante.

El doctor Daniel Atilano Barbosa, profesor asociado de tiempo completo del Departamento de Ciencias Biológicas y de la Salud de la Unidad Lerma, y especialista en neurociencia social, expone en entrevista que la construcción de confianza está a su vez vinculada tanto con la historia de vida como con las condiciones socioeconómicas, los modelos de crianza y los sistemas de creencias que cada persona incorpora a lo largo de su desarrollo. Los lazos afectivos tampoco escapan a esos aprendizajes.

En una unión sentimental que inicia con experiencias positivas, la atención y el afecto contribuyen a consolidar la seguridad. El especialista apunta que en el enamoramiento intervienen procesos vinculados con la dopamina y la oxitocina, mientras se fortalece una respuesta emocional que influye en la forma en que se interpreta el comportamiento de la pareja.

A los 18 años, Selene aceptó la propuesta y viajó a España sin comunicarlo a su familia. Boyero documenta que hizo el trayecto en el automóvil del cuñado de su novio. La joven mujer aceptó viajar a partir de información que después resultó falsa.

La doctora Huacuz Elías cuestiona que la explicación de estas circunstancias pueda reducirse a preguntar por qué una mujer aceptó una propuesta o tomó determinada decisión. Las posibilidades de elección, enfatiza, están atravesadas por factores como el género, la edad, la pertenencia social y otras condiciones de vulnerabilidad. Al mismo tiempo, advierte que reconocer esas condiciones no debe llevar a entender a la población femenina como sujetos sin capacidad de agencia.

Para Selene, la distancia entre lo prometido y lo que en realidad ocurría se hizo visible al llegar a ese país. El restaurante que había formado parte de aquel proyecto de estabilidad no existía. Una de las hermanas de su pareja trabajaba en una heladería y otra lo hacía por las noches en un club de carretera. Selene tampoco contaba con recursos económicos propios, teléfono móvil ni dominio del español. El noviazgo que hasta entonces había funcionado como vínculo con una vida nueva se convirtió en su principal conexión con el entorno.

El aislamiento, refiere el doctor Atilano, puede privar a una persona de los referentes que con regularidad le permiten contrastar referentes, pedir ayuda y evaluar lo que sucede. Cuando una persona afectada es separada de familiares y amistades y, además, trasladada a un entorno cuyo idioma y códigos culturales desconoce, quien ejerce el dominio puede terminar convirtiéndose en su principal fuente de información. “Entras en un sistema de creencias donde todo lo que te está brindando la persona es cierto y puedes llegar a generar, en este caso, mayor codependencia con el victimario”, apunta el neurocientífico.

Del afecto al aislamiento

La dependencia puede construirse en fases y por el control del dinero, de las comunicaciones, de los vínculos personales y del tiempo. El doctor Atilano advierte que algunas de estas conductas pueden incluso encontrarse normalizadas dentro de las dinámicas sentimentales, como revisar el teléfono, exigir explicaciones constantes o limitar la interacción con otras personas, y escalar hasta consolidar relaciones asimétricas.

En Selene, el sometimiento derivó en agresiones físicas. Según el análisis, cuando salió sola, su pareja la golpeó y la acusó de buscar a otros hombres. Después la llevó al club donde trabajaba su hermana y le planteó la posibilidad de obtener dinero con la prestación de servicios sexuales. Cuando se negó a continuar después de su primera experiencia con un cliente, la respuesta volvió a ser la violencia.

La propuesta con la que comenzó el viaje había desaparecido. El vínculo afectivo que construyeron antes de las agresiones no desapareció. El doctor Atilano dice que, cuando comienza la violencia, el sistema de aprendizaje puede conservar como referencia aquella primera etapa de afecto y seguridad e intentar recuperarla. “A nivel neurocognitivo genera sesgos, las famosas disonancias cognitivas, donde nuestro sistema de aprendizaje detecta aquello que en principio fue una relación muy buena”, subrayó. A esto se añaden amenazas, miedo, estrés y una condición de alerta constante que dificulta contrastar lo que ocurre y tomar decisiones.

Selene tuvo una hija, producto de aquella experiencia sentimental y pasado el tiempo encontró una oportunidad para cambiar. Cuando su hombre la golpeó mientras sostenía a su hija y la amenazó con un cuchillo, fue el momento cuando pidió ayuda a la Policía Nacional española por correo electrónico. Aunque dudó en continuar con la denuncia, proporcionó los datos necesarios para ser localizable.

La intervención policial permitió que ella y su hija salieran de aquel escenario y fueran trasladadas a un espacio seguro. Selene retomó después sus estudios y su hija comenzó a asistir a la guardería.

Librarse del agresor, sin embargo, no elimina las consecuencias de la explotación. El doctor Daniel Atilano manifiesta que la recuperación puede requerir redes de apoyo y procesos especializados, entre ellos terapia cognitivo conductuales y atención clínica enfocadas en el trauma y el abuso sexual.

El caso de Selene y el método lover boy no fueron aislados. En 2021, una operación entre las policías de España y Rumanía liberó a 17 mujeres captadas con esta modalidad de “el enamorador” y que iban a ser trasladadas a Oviedo y Santander para su explotación sexual. Dos años después, en Valencia, se identificó a jóvenes rumanas atraídas a partir de lazos emocionales y falsas promesas de oportunidades en el extranjero; 14 víctimas fueron puestas a salvo en España.

La trata con fines de explotación sexual en este país

En México, la trata de personas con fines de explotación sexual es una grave problemática. Cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) señalan que, en la primera mitad de 2026, la nación registró 447 víctimas. Casi la mitad de los casos se concentró en la Ciudad de México, el Estado de México y Quintana Roo.

La doctora Huacuz Elías menciona que en este territorio la trata se asocia con la pobreza y la migración, pero también con la presencia del crimen organizado. Sin embargo, coloca el principal problema en la respuesta institucional: la falta de regulación, las dificultades para acceder a la justicia y lo que denomina una “simulación de las instituciones”, pese a que, indica, las autoridades conocen lugares y mecanismos de captación, pero los proyectos de atención continúan siendo débiles.

Desde esta perspectiva, expone que la trata no debe observarse de manera aislada de otras violencias contra las mujeres y establece vínculos con la violencia sexual, las desapariciones y el feminicidio. Por ello, propone abordar estos fenómenos de manera conjunta al diseñar estrategias de prevención.

A su vez, añade que la prevención no puede recaer solo en las posibles víctimas. A partir de este planteamiento antropológico feminista, sugiere transformar la “cultura de género”, cuestionar las relaciones desiguales de poder y hablar de manera abierta sobre los mecanismos de captación en escuelas, universidades y comunidades, en especial en contextos de mayor vulnerabilidad.

Y considera necesario desarrollar proyectos permanentes de prevención, ofrecer herramientas para detectar situaciones de riesgo y fortalecer la actuación institucional y el acceso a la justicia.